Panadería mapuche: marcando una generación

En 1950 comenzó una masiva migración de los mapuches a Santiago. Muchos se dedicaron a la panadería. Uno de ellos fue Juan Paillalef Huaiquifilo, quien comenzó trabajando como panadero para un español, pero se cansó. Conoció a una chilena, compró terrenos y construyó su panadería, “Los cóndores”. Fue el dueño hasta su muerte. Hoy, su hijo, Iván Paillalef, piensa en vender el negocio de su padre para dedicarse a lo que estudió.

                                                Por Catalina Herrera y Lorenzo Bortolaso

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Al entrar a la panadería se ven dos mujeres. Una joven y otra mayor. Ellas atienden a los clientes y toman sus pedidos. Al lado de la entrada está la caja registradora, arriba de una estructura de madera. Allí está Iván Paillalef (45). Es un hombre alto, de pelo, barba y ojos castaños. Viste una polera gris y blue jeans. Saluda y se dirige hacia su casa, ubicada atrás de su negocio familiar.

Iván Pailallef, ha dedicado toda su vida a la panadería, trabajo que él mismo define como esclavizante. La panificadora “Los cóndores”, ubicada en Calle larga #469, El Bosque,  distribuye pan a treinta negocios más pequeños. Paralelo al rubro del pan, decidió estudiar. Egresó el año pasado de la carrera de derecho en la Universidad Bernardo O’higgins. A futuro pretende ejercer como abogado y vender la panadería de su padre, fallecido en septiembre de este año.

 

Al recordarlo, recalca que él construyó el cien por ciento de la panadería: el negocio, el horno gigante, que se puede comparar con el tamaño de una sala de clases, cada puerta y muro, incluyendo la casa que se conecta mediante un pasillo con el local.

“Cuando él llegó a Santiago, empezó a trabajar en una panadería, como empleado, en la Alameda. Después de eso se independizó, se casó con mi mamá y se compraron esos sitios de acá, que en ese tiempo eran parcelas. Empezaron con una panadería chiquitita”, dice Paillalef hijo. “Mi papá tenía cuatro años de educación formal, bastante poca, y eso le sirvió para empezar a hacer sus negocios”, agrega.

En los cincuenta, miles de mapuches, asentados principalmente en las comunas de Cerro Navia, Renca, La Pintana, Peñalolén, San Bernardo y El Bosque, comenzaron a trabajar puertas adentro en la industria panificadora. Era un trabajo duro, que los mapuches podían realizar a pesar de su poco manejo del español.

Claudio Millancura, Doctor en historia y coordinador académico de la cátedra indígena de la Universidad de Chile, explica que este es uno de los “procesos más grandes de migración”. Las personas que migran desde el sur, vienen en una situación de pobreza, fueron expulsados de sus tierras, en su mayoría son analfabetos y no tienen contactos en Santiago. Por lo tanto se van ubicando en las periferias de las ciudades, que en esta época, eran Cerro Navia, La Pintana, Puente Alto, Pudahuel y San Bernardo”, añade.

Según el estudio El pan mapuche (2008) de Walter Imilan y Valentina Álvarez, la modalidad de “puertas adentro” permitiía al mapuche integrarse y acceder a alojamiento, alimentación y trabajo. Debido a su bajo nivel de estudio, se desarrollaron como panaderos. En esos años, era mano de obra muy poco calificada en el asunto y había menos máquina, era todo mucho más manual, más artesanal, entonces era fácil de aprender. Generalmente todos los mapuches en el sur ingresaron al rubro”, explica Paillalef.

Él señala que antes que existieran los sindicatos, las condiciones laborales eran desfavorables para su etnia: “El trato era bastante malo hacia los obreros en ese tiempo, era un trabajo bastante esforzado y había menos maquinaria. Un aspecto que también es importante es que el consumo de pan per cápita era mucho más grande en esos tiempos, era como casi dos veces el de Alemania, el principal consumidor de pan en el mundo.”

Las largas jornadas de trabajo, que llegaban a las 12 horas seguidas y el bajo sueldo eran reflejo del maltrato que recibían los panaderos mapuches en esa época. Incluso, en 1983 en una nota dedicada a la relación entre panaderías y migrantes mapuches, El Mercurio publicó que bastaba “que una industria ponga un aviso en los diarios pidiendo amasanderos o ayudantes para que se les llene de indios la puerta del negocio”.

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Distribución de población mapuche en la Región Metropolitana por comunas.

Roces entre mapuches y winkas

“Mi padre se casó con una chilena, como dicen ellos, no mapuche. Todos los pueblos son xenofóbicos, no es necesario tener ojos azules para serlo. Los mapuches lo son con los chilenos, no les gustan. Si tú piensas bien, alguien que no es mapuche para ellos es un “winka”, es decir, alguien que es un extraño. Pero, esa misma expresión se usa para ladrón. Entonces, hay una desconfianza total con los chilenos”

Iván Paillalef explica por qué nunca su padre volvió al sur, tras alcanzar una buena situación económica. Dice que la razón fue financiera y cultural: su matrimonio con una chilena lo impedía. “A ella nunca la iban a aceptar bien, como si fuera una mapuche. Ahora, desde el punto de vista económico, acá tenía más posibilidades de surgir que en el sur, donde es una agricultura de subsistencia, y ya no queda mucha tierra para trabajar”, asegura.

El ya abogado critica cómo los medios de comunicación y la clase política trata el conflicto mapuche. “A algunos bloques políticos les interesa tener tema, por eso tildan a los mapuches de terroristas o de personas en las que no se puede confiar. Hace 30 años atrás, los tildaban de alcohólicos y flojos. Y hace 500 años, se pensaba que no tenían alma”, afirma Paillalef. “Hoy hay abogados, arquitectos, ingenieros, escritores, de todo, añade.

A diferencia de su padre, Iván tuvo educación tradicional. Allí jamás notó una diferencia en el trato. Nunca tuvo problemas por su etnia. “Estuve en un colegio católico de niño, de Kínder a Cuarto medio, en San Bernardo. Siempre tuve un trato preferencial, pensaban que tal vez tenía escasez económica… no era algo malo, era una discriminación positiva”, cuenta con tranquilidad el hijo mitad mapuche y mitad chileno.

Paillalef se levanta del sillón del living, ubicado en el segundo piso de su casa. Baja las escaleras, cruza una puerta y se encuentra de frente con muchos sacos de harina. Cruza otra, ahí está el horno, las masas, los panaderos y las máquinas. El piso está cubierto de harina. Camina por el pasillo, atraviesa otra puerta y hay unas cajas de madera a su paso, que mantienen el pan listo para ser repartido. Abre la última puerta y ve el almacén, los clientes y las dos mujeres atendiendo. Se dirige a la caja y retoma su trabajo.

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